Con una mano, a dos bandas o como un auténtico guerrero ninja: llega a España el primer local que permite desquitarse de los sinsabores cotidianos de la forma más primitiva… y de paso, hacer algo de ejercicio.

«Tenía ocho años cuando lancé mi primera hacha». Vincent lo suelta así, como si te hablara de su primer gol en la cancha del cole. Lo dice con su acento francés y con su cara de francés que no engaña a nadie. Pues sí, señores, han tenido que venir dos galos a demostrarnos a los españoles que el salvajismo, a veces, relaja más que respirar hondo. Palabra.

Después de aquella primera incursión en el jardín de sus padres, lo de Vincent con la madera demostró que su destino se iría afianzando con cada veta. De los Scouts aterrizó en Leroy Merlin, y de allí llegó a España. Hace exactamente un año leyó en Internet que un visionario compatriota había abierto la primera galería de tiro con hacha en París. Probó, y fue amor a primera vista.

Llevaba tiempo rondándole la cabeza la idea de montar su propio negocio, pero quería crear algo nuevo, algo con impacto. Y para impacto el de verse a uno cual vikingo empuñando un hacha, una de verdad, afilada y pesada como ella sola, cogiendo carrerilla, echando el brazo hacia atrás y… ¡Chas! Impactando en la diana. Cuando volvió a casa, Vincent comentó a su compañero de piso Adrien lo vivido y de aquella velada nació, en un alarde de evidencia, El Hachazo, el primer local de lanzamiento de hachas de España y, seguro, no el último.

 

A una o a dos manos, la técnica es casi «instintiva».

Doce meses después, henos aquí sudorosos y agotados. Porque lanzar hachas, además de dejarlo a uno como después de un masaje de dos horas, quema calorías. Todo ventajas. El local recibe a lo grande con un Trono de Hierro a lo Juego de Tronos; solo que no es de hierro, claro. Huele intensamente a madera y el ruido es ensordecedor. Al fondo, la explicación: seis dianas en rojo y azul al final de seis pasillos flanqueados por verjas. Están ajadas por los golpes y llueven astillas sobre astillas.

Una línea roja en el suelo marca el límite entre el área de tiro y la zona de espera. «La seguridad es lo más importante, es lo que más nos preocupa», incide Vincent. No dejamos de estar jugando con armas de verdad, aunque, asegura el francés, no ha habido aún incidentes graves en ninguna de las galerías que existen en el mundo, más allá de una inoportuna astilla en un dedo.

«Lo llevamos en la sangre»

Dos armarios esconden el arsenal: hachas grandes, pequeñas, largas, cortas… Las hay para principiantes y para avanzados, pero la técnica de lanzamiento tiene siempre la misma base: «Hay que entender la distancia. El hacha sale disparada, da una vuelta y se clava en la diana, sólo hay que pillar la distancia necesaria en función del peso y está todo hecho», explica Vincent, y la cosa oscila entre los cuatro y los 4,70 metros. La realidad es que, según ha podido comprobar esta redactora, hasta el jugador más torpe lo consigue.

Para el importador de tan curioso deporte a España, el atractivo de su idea tiene una parte de transgresión -«¡¿Que se pueden lanzar hachas en el centro de Madrid?!»-, pero también algo de primitivo. «El hacha es la primera herramienta que fabricó el hombre», cuenta, «lo llevamos en la sangre».

A lanzar hachas se puede ir solo o en grupo, y hay un menú especial para team buildings de empresas que tiene todo el sentido. «Vienen muchas compañías de informática, después de volverte loco todo el día delante del ordenador lo mejor es liberar un poco de energía durante una hora», bromea Vincent. Los juegos se van complicando, pero las normas son flexibles y cambian sobre la marcha: «He traído el tiro con hacha a España y puedo hacer lo que quiera. Yo invento las leyes».

El caso es que ya reciclan unos 700 kg de madera al mes, caídos en combate, así que parece que la idea encuentra adeptos. Mientras Vincent y Adrien han puesto Valencia en el punto de mira como próximo destino, siguen resonando los ecos de los hachazos a su espalda. Ahí va ese mal día, directo a la diana.

 

Emociones primarias para la guerra del día a día

De lanzar hachas se sale relajado, sonriente, de lanzar hachas se sale hasta mejor persona, y la explicación está en nuestro cerebro. «Estás utilizando la ira, que es una emoción básica», explica la psicóloga Isabel Serrano Rosa, «activas la parte del cerebro primario, que necesita desahogo físico». Ella misma reconoce que, hace tiempo, pagaba los sinsabores del día a día en un local de tiro con arco. «Demostraba lo buena guerrera que era», afirma, entre risas.

Para ella, lo de lanzar hachas tiene mucho de simbólico, ese «yo guerrero», y cobra sentido como desahogo en una vida llena de pequeñas batallas diarias. «Es muy propicio para las personas que viven el día a día como un reto», dice, aunque apela a compensar la ira con el desarrollo de la serenidad, por ejemplo, mediante el yoga o la meditación. No todo va a ser luchar.

 

EL HACHAZO. Calle de Narciso Serra, 15. Madrid

 

https://www.elmundo.es/vida-sana/bienestar/2018/10/06/5bb7621922601d2b6d8b45fd.html

 

 

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